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Full text of "Pedro Figari 2006 El Crimen De La Calle Chana"

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CAUSA CÉLEBRE 




VINDICACIÓN 

T)EL 

ALFÉREZ ENRIQUE ALMEIDA 



EXPOSICIÓN DE LA DEFENSA 

Á CARGO DE 

PEDRO FIGARl 

ABOGADO 



MONTEVIDEO 

IMPRENTA ARTÍSTICA V LIBRERÍA, DE DORNALECHE Y REYES 
CALLE DEL 18 DE JULIO, 77 V 79 

1896 




PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA 

TABARÉ VÁZQUEZ 

MINISTERIO DE RELACIONES EXTERIORES 



REINALDO GARGANO 
Ministro 

BELELA HERRERA 
Sub Secretario 

OMAR MESA 

Director General para Asuntos Culturales 

CARLOS FLANAGAN 
Sub Director General para Asuntos Culturales 



CONSEJO DE EDUCACIÓN 
TÉCNICO PROFESIONAL 

WILSON NETTO 
Director General 

JUAN JOSÉ DE LOS SANTOS 
Consejero 

FERNANDO TOMEO SUÁREZ 
Consejero 

PROGRAMA EDUCACIÓN EN 
PROCESOS INDUSTRIALES 



LUIS MARCO 

Director 




Ministerio de Relaciones Exteriores 

Consejo de Educación Técnico Profesional 
Universidad del Trabajo del Uruguay 
Escuela de Industrias Gráficas 
Washington Castillo - Director 

Composición y Diagramación: Prof. Javier Malveder Reyes 
Corrección: María Raquel Urretavizcaya - Alfredo Coirolo 
Cuidado de Edición: Alfredo Coirolo 
e-mail: publicaciones.utu@anep.edu.uy 

46 págs.,24 cm. 



ISBN: 9974-644-53-4 



Impreso en Uruguay 
Printed in Uruguay ; 




YINDIC1CIÓN DEL ALFÉREZ ENRIQUE ALMEID1 




CAUSA CÉLEBRE 



EL CRIMEN DE LA CALLE CHANJÍ 



VINDICACIÓN 

DEL 

ALFÉREZ ENRIQUE ALMEIDA 



EXPOSICIÓN DE LA DEFENSA 

Á CARGO DE 

PEDRO FIGARI 

ABOGADO 



MONTEVIDEO 

IMPRENTA ARTÍSTICA Y LIBRERÍA, DE DORNALECIIE Y REYES 
CALLE DEL 18 DE JÜLIO, 77 Y 79 

1896 




El Ministerio de Relaciones Exteriores 
El Consejo de Educación Técnico Profesional 
Universidad del Trabajo del Uruguay 
agradecen al Prof. Gerardo Ciando y a la 
empresa Typeworks 

por el aporte prestado para hacer posible la 
presente edición. 



Edición Facsimilar 
déla 

Primera Edición 

manteniendo las características de la misma 



Homenaje en el 145 aniversario 
del nacimiento del 
Dr. Pedro Figari 
1861 -2006 




VINDICACIÓN 



DEL 

ALFÉREZ ENRIQUE ALMEIDA 



Señor Juez Letrado del Crimen : 

Pedro Figari, defensor de Enrique Almeida, en el su- 
mario instruido con motivo de la muerte del joven To- 
más E. Butler, á V. S., como mejor proceda en derecho, 
digo : que en mérito de las resultancias del sumario, so- 
licito de la rectitud de V. S. se sirva sobreseer la causa 
respecto de mi defendido, mandándole poner en com- 
pleta libertad. 

Aun cuando no se hubieran producido las recientes 
diligencias de f. , procedía la medida que imploro; 
pero deseaba solicitarla cuando á la falta absoluta de 
pruebas sobre su culpabilidad, se agregara la prueba 
efectiva de su inocencia, como sucede en la actualidad. 

No incurriré en la jactancia de afirmar que estaba se- 
guro de hallar en este original sumario, medios probato- 
rios de la inocencia, porque sé que no siempre se ofre- 
cen en el escabroso campo de la defensa; pero sí, con- 
fieso haber tenido confianza en su hallazgo, dadas las 
peculiaridades más íntimas del proceso. Y se han pre- 
sentado al fin. 




— 6 - 



Hoy no puede caber una duda sobre la no participa- 
ción directa ni indirecta de Almeida en la muerte de 
Tomás E. Butler, para nadie que estudie los autos con 
ánimo desprevenido y aun mismo con prevenciones, y 
creo que ha llegado el caso de decretar el sobreseimiento 
á su respecto, como algo más que procedente, necesario 
é ineludible. 



* 

* * 

Antes de entrar á apreciar las resultancias del suma- 
rio, debo á mi patrocinado ciertas aclaraciones, las que 
considero importantes también para la justicia, y sobré 
todo lo son sin duda para la vindicación legal y moral 
de Enrique Almeida. 

Declaro, desde luego, que no me ha guiado el espíritu 
que por un mal entendido se atribuye siempre á la de- 
fensa ; es decir, la ciega parcialidad que hace usar de 
todo recurso para eludir la justa aplicación de la ley ó 
para obscurecer la verdad jurídica, siempre que esto 
aproveche al encausado. 

No creo que los deberes de la defensa impongan á su 
ministerio la obligación de desviar la ley, la justicia ó la 
verdad para alcanzar ventajas de cualquier género* Esto 
importaría aceptar y compartir responsabilidades sobré 
hechos punibles, que hasta podrían hacerse efectivas, á 
veces* Por lo demás, esa conducta no se justifica por 
razón alguna* 

Es cierto que en el uso de la defensa es corriente apa- 
sionarse por la causa, al punto de incurrir en las mayo- 
res parcialidades, con pasmosa sinceridad ; pero de ésto 
á aquello hay un abismo. 

Felizmente en este proceso tengo el medio de demos- 




— 7 — 



trar que no he podido ni debido obcecarme ni extrali- 
mitarme en la defensa, por cuanto la palabra de Almeida 
me inspiró desde los primeros momentos la certidumbre 
de su inocencia. 

No tenía, pues, que contar con los recursos forenses 
para encaminar la defensa. Mi línea de conducta no 
ha sido otra que la de provocar esclarecimientos, pro- 
pender á que las diligencias se practicaran de la mejor 
y más amplia manera, á fin de que no pudiera un día 
atribuirse á habilidades estratégicas, lo que sólo era y 
es fruto exclusivo de la verdad y de la bondad de la 
causa que se me ha confiado. 

Mi tarea se redujo, pues, á garantir de una manera pa- 
siva á mi defendido y á concurrir activamente al escla- 
recimiento del tenebroso, por demás tenebroso crimen 
de la calle Chaná. 

T orpe habría sido proceder de otra manera. 

* 

* * 

Sería ridículo afirmar que mi ánimo no se conmovió 
ante las seguridades que uniformemente abrigó la opi- 
nión pública contra Almeida, en los días subsiguientes á 
la imputación de Joaquín Fernández Fisterra. Cuando 
tuve conocimiento de que me había designado defensor, 
hube de luchar para despojarme de las prevenciones 
consiguientes y adoptar una forma fría, serena y des- 
preocupada, cual convenía al ministerio de la defensa 
en medio de las efervescentes exaltaciones y clamores 
del sentimiento público, hondamente herido. — Pero des- 
pués que hablé con Almeida en su celda, su acento de 
sinceridad, su entereza, su actitud enérgica, su rotunda 
y razonada negativa, me llenaron de confianza en su in- 




- 8 - 



culpabilidad; ydebo decirlo, porque es así: esa confianza 
no se alteró ya ni por las sonrisas burlonas y las 
ironías de algunos periodistas que me interrogaron en- 
tonces, ni por su expresión compasiva cuando les dije 
que creía en la inocencia de Almeida; — ni tampoco, por 
la actitud del gentío que se agolpaba en los patios del 
Cabildo, y que, al verlo pasar, se erizaba, como al verse 
una pantera en la arena de un circo. 

Cargada la imaginación popular, llegó á los mayores 
desvarios. Puede decirse aquí que, vox fiopiili ‘ no fue 
vox dei. 

El paso firme de Almeida, su mirada franca y serena, 
su espíritu entero, su apostura, todo se comentó, encua- 
drando esas cualidades, lo mismo que su estatura y sus 
esbeltos y flexibles movimientos, en la escena sangrienta 
de la calle Arenal Grande, que había embargado el sen- 
sorio de la población aquellos días. 

¡Cuántas extravagancias! ¡cuántos devaneos! ¡cuán- 
tos errores! 

Si hubiera cabido la duda, sólo la duda de la culpa- 
bilidad de mi defendido, habrían podido calificarse de 
iniquidades salvajes aquellas manifestaciones! 

Pero era la vindicta, eran las reacciones de los más 
altos sentimientos las que estallaban una vez que se ha- 
bía herido infamemente, con la más cruel alevosía, á un 
joven y apreciado ciudadano. Todos se ponían de pie 
para castigar, lamentando las lentitudes de la justicia y 
optando cada uno tal vez en sus intimidades, por la ley 
de Lynch, para aplicarla en seguida. 

Han pasado cuatro meses y medio próximamente, y 
día á día he tenido ocasión de agregar un nuevo ele- 
mento á la convicción de la inculpabilidad de mi defen- 
dido. Acaba de presentarse ahora la prueba de su ino- 



cencia. 




- 9 - 



Deben repararse, pues, los errores de la justicia y la 
opinión pública, absolviendo legal y moralmente á Enri- 
que Almeida; y digo en lo posible, porque son irrepara- 
bles en absoluto los sufrimientos y perjuicios de una 
detención injusta, lo mismo que los de una imputación 
infamante. 

Creo no exagerado afirmar que no hay en la vida so- 
cial nada que se asemeje á la situación angustiosa del 
hombre inocente á quien se le imputa un crimen, no ya 
al inocente á quien se le condena, como para escarnio 
de la civilización se ha hecho más de una vez. ¡ Dios 
sabe cuántas otras no ha podido verificarse el error ! 

Es de lamentarse que el misterio que envuelve al crimen 
de la calle Arenal Grande, no permita hacer efectivas 
las reparaciones legales; pero es ya una gran victoria 
haber impedido que compartiera indebidamente respon- 
sabilidades legales ó morales una persona extraña por 
completo á aquel bárbaro suceso. 

* 

* * 



Paso á enumerar los cargos que se han hecho contra 
mi defendido, para rebatirlos y fundar á la vez mi pe- 
titorio : 

i.° Joaquín Fernández Fisterra, en su confesión, dijo 
haber visto á Enrique Almeida cuando le descerrajó 
un tiro de arma de fuego á Tomás E. Butler, la noche 
del 14 de Octubre último. 

2. 0 Las tres firmas que puso mi defendido en los dos 
álbumes, colocados por la familia de don Ruperto Butler 
con motivo del entierro de Tomás E. Butler. 

3. 0 La circunstancia de haberse hallado Almeida en 




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las inmediaciones del sitio del crimen, poco antes de 
que éste tuviera lugar. 

4. 0 Deficiencias en la coartada. 

5. 0 Actitud del encausado en el Cabildo y en el Cuar- 
tel de Artillería, después del 14 de Octubre último. 

6.° Una carta hallada en su baúl, dirigida á don Pe- 
dro Vigil, y firmada E. F. 

7. 0 Declaraciones contestes de dos testigos, de haber 
visto á un alférez de la Artillería de Plaza, alto, del- 
gado, moreno, bigote negro, que se hallaba en la esquina 
de Chaná y Caiguá, algo inquieto, poco después de ha- 
berse oído la detonación. 

Examinemos estos antecedentes. 

* 

* * 

Joaquín Fernández, después de haber negado toda 
participación en el suceso y confirmado la declaración 
de Enrique Almeida en sus deposiciones de f. 34, 43, 
62 y 67, se presenta á f . 72, ai cuarto día de hallarse de- 
tenido é incomunicado en la Jefatura, y dice que quiere 
establecer la verdad de lo ocurrido* 

Que Almeida, aquella noche, al llegar á su casa, le dijo 
que iba á matar á Butler — cosa que no creyó, porque no 
lo consideraba capaz ; — que subieron á la sala, poco des- 
pués llegó Butler, se lo presentó á Almeida; luego que 
conversaron un rato en rueda con la familia, pasaron al 
comedor donde estaba el alférez Usher; que salieron á 
eso de las diez y media, más ó menos, y fueron al Café 
Oriental, permaneciendo allí hasta las once y cuarto, hora 
en que se retiraron, volviendo á la esquina de Chaná y 
Arenal Grande. Que Almeida, de pronto, pues no se 
había hablado más del asunto, dijo que iba á matar á 




- 11 - 



Butler y se colocó en la calle Chana ; que al salir But- 
ler, Almeida corrió diagonalmente, dándole un balazo. 

Que el confesante corrió por Asamblea y Lavalleja, 
volviendo por Arenal Grande, y que antes de salir de su 
casa avisó á su hermana Etelvina para que le dijera á 
Butler que lo esperara. 

La cita resultó contradictoria. 

Entonces, á f. 77, se le pide reconstruya la escena del 
crimen, con el plano á la vista, y dice que Almeida no 
estaba, en la calle Chaná, sino que dijo que se iba á co- 
locar en el portón de Castiglioni, de la calle Arenal 
Grande, y que el deponente se colocó en el barracón 
inmediato á la casa de Conde, calle Chaná; que al salir 
Butler, el declarante corrió hacia él, y que al llegar á 
unos cuatro pasos de donde Butler se hallaba entonces, 
oyó la detonación; que él se había colocado allí para 
avisar á Almeida de la salida de Butler. 

A f. 97, al se'r interrogado sobre el móvil, dice que le 
parece haber oído decir á Almeida: «después lo sabrás». 

Estas dos declaraciones, sustancial mente contradicto- 
rias, todavía se han modificado por el confesante con 
posterioridad. 

En fin, son tan contradictorias todas estas deposicio- 
nes, que para dar cuenta del conjunto de las imputacio- 
nes de Fernández, voy á formar el cuadro general de 
acusación contra Almeida, sumando sus múltiples decla- 
raciones y tomando los detalles más verosímiles en los 
puntos dudosos ó contradichos por el mismo confesante. 

Ese cuadro puede presentarse así : 

Que la noche del 14 de Octubre último, hallán- 
dose en la puerta de su casa conversando con unas ve- 
cinas, pasó x\lmeida, y al acercarse éste se retiraron 
aquéllas. Quedaron solos. Esto pasaba á las 8 y me- 
dia de la noche. 




1 



Entonces Almeida le preguntó si estaba Butler, á lo 
que contestó negativamente. En seguida saca un re- 
vólver y le dice : « Voy á matar á Butler; » y le parece 
haber oído: «después sabrás porqué.» No se habló 
más. Suben, entran á la sala de su casa, donde se ha- 
llaba parte de su familia ; entra Butler poco después, 
Almeida es presentado, le ofrece un cigarrillo á Butler, 
y después de un rato de conversación general sobre 
puntos indiferentes, pasan Almeida y Joaquín al come- 
dor, donde estaban algunas hermanas de este último, el 
alférez Usher y una señorita de Calvet; permanecieron 
allí hasta las diez y media próximamente, conversando 
en rueda, hora en que dijo Fernández : « vamos ». Se 
despiden y salen. Al salir ven luz en lo de Conde, se 
acercan, miran para adentro con tal insistencia provoca- 
tiva, que la señora de Conde cierra los postigos. En 
ese instante salen dos señoritas de una casa inmediata 
y en dirección á lo de Fernández ; las chistan, se paran 
y las alcanzan. Eran una hermana de Fernández y una 
señorita de Cinfuentes. Almeida es presentado, conver- 
san y luego se separan, yendo dichas señoritas á casa de 
Fernández, y Joaquín y Almeida al Café Oriental, por 
Arenal Grande. Salen de allí á las once y cuarto y se 
dirigen por Arenal Grande á Chaná. No se había ha- 
blado más sobre Butler, sino de muchachas, según la 
expresión de Fernández. — Al llegar al portón de Casti- 
glioni, dice Almeida de pronto: «voy á matar á Butler», 
y dirigiéndose á Fisterra le dice: «Colócate allí.» Este 
obedece, colocándose en el corralón de Conde, y Al- 
meida queda en aquel portón, inmóvil. Pasaron diez 
minutos. Sale Butler con paso apurado ; corre Joaquín 
hacia él en silencio, y al llegar al portón oye una deto- 
nación. El se hallaba á 4 ó 5 pasos detrás de Butler; y 




- 13 — 



de tal manera que si erra el ¿tro, le pega d él (tex- 
tual). 

Almeida corre entonces por Arenal Grande hacia 
Lavalleja. Fernández va detrás de él, corriendo y cami- 
nando alternativamente. Almeida tenía capote militar 
y espada. 

Este es el cuadro más verosímil de acusación que 
puede entresacarse de las numerosas declaraciones de 
Fernández, casi todas contradictorias. — Sin embargo, la 
aparente verosimilitud de esta relación de hechos no 
resiste al análisis del observador menos perspicaz. — Se 
ve, desde luego, su evidente falsedad, é impele también á 
desecharse como un tejido de cosas imposibles, la circuns- 
tancia de que Fernández no acepta participación de 
cómplice. 

A primera vista pareció digna de fe la palabra del 
confesante, porque se decía : « nadie se confiesa autor 
de un crimen, ni cómplice, sin serlo. » La estoicidad de 
Fisterra no rayaba en heroísmo. Examinando dete- 
nidamente los hechos afirmados, se ve que la parti- 
cipación que se atribuía Fernández es la de un espec- 
tador involuntario, que trata de salvar la vida de la víc- 
tima, exponiendo la propia. Fernández se dió clara 
cuenta de ello. 

Era, pues, una complicidad sui generis. Ese era el se- 
creto de la conducta del co- prevenido, y el seudo- cóm- 
plice quedaba ileso. 

Ahora Fernández acaba de retractar sus confesiones, 
confirmando la declaración de Almeida, que no conoce, 
y expresando que fué inducido á dar aquellas declara- 
ciones por presiones morales que se ejercieron sobre él, 
según es, por lo demás, del dominio público. 

Se le hizo entender que estaba en una posición difícil 




— 14 - 



y comprometida; que Almeida había hablado; que le 
iban á cargar el chivo (textual) ; se le dijo que se sabía 
todo; en fin, su temperamento pusilánime y receloso 
comprendió que era el caso de ganar de mano y no que- 
dar atrás, y habló ! . . . . 

A pesar de la retractación, quiero rebatir las afirma- 
ciones de Fernández, para que no quede en pie ninguna 
duda, aun para los prejuicios más arraigados de la ma- 
lignidad. Esa acusación puede pulverizarse. Examiné- 
mosla : 

i.° Hallado el cadáver de Butler frente al ventanillo 
del solar de Castiglioni y habiéndose comprobado por 
unánime opinión de los facultativos consultados, que el 
balazo privó á la víctima de la vida instantáneamente, 
por fulminación, ¿cómo pudo herirlo Almeida desde el 
portón ? 

Sería necesario suponer que el herido diera unos pa- 
sos, cosa imposible físicamente; porque de la autopsia ha 
resultado que la lesión era tal, que impidió repentina- 
mente la articulación de un solo movimiento. No pudo 
caminar los dos metros que separan los puntos prest a- 
blecidos ( i ). 

Butler iba subiendo un plano inclinado, > no es posi- 
ble, pues, que esa distancia la recorriera un cuerpo exá- 
nime, aun cuando llevara el impulso de una carrera que 
no llevaba, sino simplemente el pequeño impulso de un 
paso apurado. 

La ley de inercia no puede explicar ese cambio de 
posición. 



(1) La herida de entrada es en el hueso frontal, que perforó, dirigiéndose hacia 
atrás y abajo, pasando por la gran cisura cerebral media , destruyendo el cuerpo ca- 
lloso, rodete del mismo, ventrículo medio, desgarrando extensamente el cerebelo. 

El proyectil fué hallado alojado en la fosa cerebelosa derecha. — Informe médico. 




— 15 - 



Esta consideración, que no debió escapar á ningún 
pesquisante hábil, habría impedido que se aceptara de 
plano la confesión de Fernández como una verdad in- 
concusa, con detrimento de la justicia. 

Es axiomático que no pudo hallarse el cuerpo de 
Butler dos metros más allá del punto en que cayó 
fulminado. Estas son las matemáticas jurídicas, si 
puede decirse así. 

Nadie dió importancia á este capital detalle, por la 
sencilla razón de que había un acusado. Se olvidó de 
que en esta delicada materia son inagotables las causas 
de error y que ninguna precaución sobra para preve- 
nirse contra él. 

Esos dos metros eran, sin embargo, grandilocuentes. 
Bastan á veces dos centímetros para distinguir lo cierto 
de lo absurdo. 

Los hechos materiales son los que deben estudiarse 
con escrupulosidad, eslabonándolos cuidadosamente an- 
tes de entrar al peligroso campo de las conjeturas, 
puesto que son los jalones que sirven para la orienta- 
ción de la justicia. ¡Nada más falso que guiarse por 
impresiones ! 

Despreciada esta prudente táctica, se ha malgastado 
mucho trabajo, y lo que es peor aún, se ha agregado 
una nueva incógnita á la intraducibie ecuación de la 
calle Chaná. ¡ Estupenda aberración ! Se ha buscado so- 
bre una vía falsa la clave del enigma. 

¡ Quién sabe si cuando la justicia quiera orientarse 
nuevamente en este laberinto, no se ha borrado toda 
huella y queda para siempre extraviada, privando á 
la sociedad de su saludable acción ! 

2. 0 Es también imposible físicamente que Fernández 
no viera á la familia de Barthe, que pasó por donde él se 




— 16 - 



hallaba, según sus afirmaciones, pocos segundos antes de 
oirse la detonación. Dicha familia tampoco lo vió á él. Si 
esto pudo ocurrir, lo primero no. 

Un hombre inquieto que acecha á una víctima, con 
cualquier fin que sea, no deja de ver en esos instantes á 
toda una familia compuesta de varias personas, que se 
dirigen hacia donde está él y pasan á su lado. Ya sea 
por temor de ser descubierto, de que fracase el golpe, ó 
bien en zozobra y para salvarse si estaba acechando 
contra su voluntad, bajo el imperio del terror que le 
inspirara el asesino, esa familia no pudo pasar inadver- 
tida para él. Esto no admite réplica. 

Sin embargo, Fernández, al ser preguntado sobre esto, 
con insistencia y hasta sugestivamente, ha dicho que no, 
que no vio pasar á nadie por Chana. 

La expresión de su fisonomía acentuaba la sinceridad 
de su confesión. 

3. 0 Es también físicamente imposible que el señor 
Valles, vecino de la calle Arenal Grande, no viera ni 
oyera á Almeida, y sobre todo á Joaquín, cuando huye- 
ron del lugar del crimen. 

Acababa de llegar á su casa, hacía dos ó tres minu- 
tos, y se hallaba en su aposento que mira á la calle, algo 
más hacia el Norte y frente á la acera de Castiglioni. 
La ventana estaba abierta. Al oir la detonación se di- 
rigió apresuradamente á la ventana, y por más que ese 
paraje está muy bien iluminado, nada vió. Tampoco 
oyó más nada en esos instantes. 

Dada la posición de su casa respecto al portón de 
Castiglioni, ha debido ver y oir pasar á Almeida, y por 
lo menos á Joaquín, que iba muy atrás y que no corrió, 
sino que caminó unos cuantos pasos, antes de emprender 
la fuga. 




— 17 — 



La distancia que tuvo que recorrer para acercarse á la 
ventana, es diez veces menor que la que tuvo que salvar 
Joaquín para pasar por frente á aquella casa. 

¿Cómo Valles no los vió ni los oyó? 

Debe hacerse notar que el testimonio de don Eduardo 
Valles es fidedigno. 

Los demás vecinos de la calle Arenal Grande que 
despertaron al oir el descomunal estampido del arma 
homicida, tampoco oyeron pasos, agregando que era im- 
posible dejar de oirlos aun cuando fueran descalzos! 

Conviene no olvidar que Almeida llevaba espada esa 
noche, lo que hacía menos fácil escapar sin ser oído. 

4. 0 El portón de Castiglioni no deja espacio para es- 
conder á nadie. En las condiciones en que Fernández 
coloca á Almeida y con su grueso capote, tenía que ser 
visto por Butlei*. Su silueta debía destacarse perfecta- 
mente clara y recortada, en razón del foco eléctrico de 
la casa de Valles. 

Butler tenía buena vista. Además, las manifestacio- 
nes que hizo poco antes en el Café del Retiro, hacen in- 
dubitable que cruzara inquieto y prevenido por aquellos 
barrios. Allí se le había perseguido. 

El estado de ánimo de Butler hace suponer que agu- 
zara la vista, para precaverse de cualquier celada. 

Sin embargo, se ofrece también la singularidad de 
que ni siquiera había echado mano á su revólver al ver 
una silueta muy sospechosa por delante y oir los pasos 
de una persona que corre hacia él sin hablarle . 

No es posible que no lo alarmaran aquella noche es- 
tas particularidades tan extrañas como amenazadoras. 

5. 0 Valles, que entró ásu casa dos ó tres minutos an- 
tes de oir la detonación, no vió á nadie en el portón. 
Agrega, á la vez, que si alguien hubiera estado allí, lo 




- 18 - 



habría notado, pues está bien iluminado y visible aquel 
portón desde su casa. 

A esas horas de la noche y en parajes apartados, se 
observa generalmente todo lo anormal, y tan es así, 
que notó que esa noche faltaba de su parada el guar- 
dia civil que está de ordinario en la intersección de 
Chaná y Arenal Grande. 

6.° Es por demás inverosímil, que Almeida, sin ser 
amigo, y sí sólo conocido de Fernández, cuya relación 
databa de seis ó siete meses y se cultivaba con interva- 
los de 20 ó 30 días, de pronto, en su propia casa, le dijera 
que iba á matar á Butler, sin expresar razones, y luego 
subiera con él, formaran tranquilamente rueda con la 
víctima y conversaran con ella y con la familia Fernán- 
dez largo rato, sin que su aspecto llamara la atención 
de nadie. 

Hacía 20 ó 30 días que no se veían Almeida y Fer- 
nández. 

Es inverosímil que al decirle que iba á dar muerte á 
Butler, así ex abrupto , y le mostrara el revólver (!) en su 
propia casa, no temiera ser descubierto, dadas las rela- 
ciones de Butler con Joaquín Fernández y su familia. 

7. 0 Es también muy inverosímil que después de ha- 
ber tomado una resolución tan grave, no se hablara más 
sobre ese particular; se jaraneara hasta las diez y media 
ó las once en reunión de familia y más tarde con las ve- 
cinas del barrio, y luego se alejaran de allí, dando lugar 
á que la víctima escapara! Esto es moralmente impo- 
sible. 

[Jamás permite el asesino que pueda escapar la víc- 
tima, cuando ha decidido el golpe ! 

Fueron al Café Oriental ; permanecieron allí hasta las 
once y cuarto, a ocho ó diez cuadras del lugar donde 




— 19 - 



estaba la víctima departiendo amigablemente sobre Mu- 
chachas, y de allí pasaron á consumar el crimen. . . . 
¡Vamos! Es algo que no cabe en cerebro sano. Estas 
resoluciones, aun para el criminal más avezado, no se 
toman ni se conservan con la indiferencia con que se 
toma y se conserva un café, dentro del cuerpo, según 
pretendió hacerlo entender Joaquín Fernández. 

8. ° Es muy extravagante afirmar que después de tanto 
disparate, volvieran á la famosa encrucijada sin haber 
hablado más sobre la forma en que debía darse el golpe ; 
pero lo que excede toda medida, es que se apostaran, 
sin cerciorarse previamente de si aún estaba Butler ért 
casa de Fernández. 

No puede haber mayor desatino. 

Parece que esa noche salió más tarde que de costum- 
bre; pero como quiera que sea, ¿no pudo ocürrírsele sa- 
lir, por cualquier razón, antes de las once y cuarto ? 

Permanecer diez minutos apostados, en parajes no tan 
solitarios como se han pintado, sin estar seguros por lo 
menos de que aún la víctima no se había marchado, es 
un colmo, ¡ diez colmos de aberración ! 

9. a Almeida no sabía que Butler iba ese lunes á casa 
de Fernández, ni pudo suponerlo, porque los días dé vi- 
sita eran fijos: jueves y domingos. No había hablado 
con nadie de la familia de Fernández, ni con Butler, 
únicos que pudieran estar en conocimiento de que ese 
lunes haría una visita extraordinaria. 

10. ° Almeida no debía salir esa noche del cuartel. Su 
salida fue enteramente casual é inesperada. Debido á 
que el alférez De la Fuente se indispuso ese día, se 
le dió por el oficial de semana la orden de franco, sin 
que la pidiera Almeida, ni ningún otro por él. Es muy 
digno de tenerse en cuenta este dato, comprobado pie- 




— 20 - 



iiamente en autos, y comprobado de tal manera que no 
deja lugar á sospecha, ni duda alguna. 

n.° Almeida no poseía revólver, ni ninguna otra 
arma que no fuera la espada de servicio. 

Tuvo un revólver descompuesto y pequeño, el cual 
se le había robado hacía un año, próximamente. 

Se ha verificado también, por declaraciones contestes, 
que no usaba más arma que la espada. 

12. 0 Era un colmo de torpeza compartir con Fernán- 
dez, á quien poco conocía, y así de buenas á primeras, el 
secreto de una resolución tan grave, máxime tratán- 
dose de dar muerte á un amigo del invitado, al novio 
de su hermana, y que esta rara y atrevida invitación se 
hiciera en su propia casa! — Todo esto, sin dar razón, 
sin consultar su voluntad, sin obtener su consentimiento, 
como se invita á dar un paseo. 

Esto es contranatural. 

13. 0 No había resentimiento ni enemistad con B,utler, 
á quien Almeida apenas conocía. No se ha podido en- 
contrar móvil, aun mismo hipotético. Por más empeño 
que han hecho uno á uno todos los habitantes de Mon- 
tevideo, y por más que todos estuvieran predispuestos á 
aceptar cualquier motivo posible sin mayores exigen- 
cias, debido á las cavilaciones que le supeditaron, nada 
se ha hallado, 

Este punto capital; ese móvil insondable, que ha es- 
capado á las argucias de todo pesquisante después de 
una lucha activa, vehemente, loca, después de cuatro 
meses y medio de investigaciones prolijas, minuciosísi- 
mas y apasionadas, para mayor abundamiento, es por 
demás elocuente. Es un milagro. — ¡ Parece imposible que 
no se haya encontrado un móvil cualquiera, bastante 
para explicar el crimen, ante los obstinados y furiosos 
acusadores de Enrique Almeida! 




- 21 - 



¡Guay de Almeida si se encuentra un solo punto de 
contacto con la víctima! 

Y se comprende que esto ha podido suceder fácil- 
mente, sin que por eso fuera forzoso declararlo criminal. 

Por eso es que las pesquisas requieren cierta prudente 
circunspección que aquí no han tenido. Es necesario 
pesar y madurar las observaciones, á fin de no correr 
detrás de quimeras con perjuicios sociales innumerables 
y gravísimos, como ha ocurrido en el presente caso. Es 
necesario tener en cuenta las bases de error posibles, 
para evitar las lamentables consecuencias que hoy de- 
ploramos. 

14. 0 Las razones que indujeron á Joaquín Fernández 
á formular su acusación contra Almeida, son claras y 
explícitas. 

La Policía y la Magistratura, en los días siguientes al * 
suceso, se lanzaron afanosas á investigar, olvidando sus 
respectivas funciones. Se hicieron muchas pesquisas 
privadas á la vez, que tomaron proporciones fabulosas. 
Todos se daban la mano para no perderse en medio de 
aquel inextricable laberinto. 

No se sabía aún si se trataba de un suicidio ó de un 
crimen pasional ó político. 

Todas las hipótesis se aceptaron. La atención pú- 
blica habíase concentrado en este tan absorbente como 
horrible enigma. Se dejó de lado toda precaución, y 
aun mismo las formas legales; las suelas de plomo que 
aconseja Bacon, se despreciaron, para dar ensanche á 
los vuelos especulativos ; la imaginación bullía en los 
cerebros é insensata se lanzaba en busca de la clave de 
aquel rompecabezas. La población concurrió al teatro 
del crimen, y allí gesticulaba alterada, reconstruyendo 
á su antojo los hechos. 




— 22 - 



No había ya advertencias de la observación juiciosa, 
de la razonada investigación y del buen sentido para 
detener á ese mundo de pesquisantes que compartían la 
tarea policial. El señor Fiscal y el señor Juez estaban 
estrechados por la ola creciente déla curiosidad pública, 
que pedía ansiosa el nombre del asesino. 

Es indudable que hubo por parte de la autoridad el 
natural deseo de satisfacer las exigencias apremiantes 
de la opinión pública, y se excedió en su acción. 

No es ésta su justificación, sino apenas su excusa. 

Se hacían imputaciones á la policía, se complicaba 
á los mismos jueces y fiscales, se pedía á voz en cuello 
la aplicación de un castigo ejemplar. 

Joaquín Fernández Fisterra incurrió en algunas con- 
tradicciones insignificantes, y se encontró allí el único 
punto de partida para iniciar la campaña desgraciadí- 
sima cuyos resultados se lamentan hoy. Se le acosó á 
preguntas, se le incomunicó, se aprehendió á Almeida, 
que había estado con él aquella noche, y se hizo lo mismo, 
Se prorrogó la incomunicación por cuatro ó cinco días, se 
confundieron las funciones judiciales con las dé la poli- 
cía. ¡Enorme irregularidad! Almeida siempre sostuvo 
con serenidad su franca declaración, por más que se le 
hicieron sugestiones y preguntas capciosas; por más 
que á todas horas iba el señor Fiscal á disuadirlo de 
decir verdad, en forma muy incorrecta, por cierto, según 
resulta de las publicaciones de esos días; y se le hacía 
llevar á cada paso á presencia del Juez, de día y de no^ 
che, á altas horas y hasta con esposas! Almeida decía 
que si el hecho había ocurrido á las once y media, como 
se aseguraba, Joaquín Fernández no podía ser el ase- 
sino, porque había estado con él hasta media noche, y 
que no sabía absolutamente nada sobre esto, sino lo que 




- 23 - 



conocía por la prensa y los rumores circulantes. Esto 
enconaba. Pero Joaquín Fernández, de carácter poco 
firme, dúctil y pusilánime, interrogado durante su sueño 
y su vigilia, agobiado por un semillero de preguntas 
y sugestiones, un buen día, confuso y vacilante, se pre- 
senta á V. S., señor Juez, y se declara dispuesto á decir 
verdad. Cargó todo el mundo de las odiosidades engen- 
dradas por el horrendo crimen, sobre Almeida. 

Una vez metido en este embrollo, de la mejor manera 
que pudo, había conjurado la tormenta, y era necesario 
no provocarla ya. Había complacido las impaciencias 
de la autoridad, y ya podía dormir tranquilo. Los sem- 
blantes le sonreían. 

Sin embargo, aquella primera confesión que había sa- 
tisfecho á primera vista, una vez masticada se vió que 
era una urdimbre de disparates, y buenamente se trató 
de ponerla en forma. Era el caso de volver á la fuente. 
Fernández hablaría ya sin reticencias. 

Los diarios, entre tanto, dedicaban sus columnas pre- 
ferentemente á este asunto ; todo se comentaba de una 
manera minuciosa ; los ánimos prevenidos, interpretaban 
toda duda contra el acusado; bastaba hablar contra 
Almeida, para ser creído en el acto ; todo lo que le acu- 
saba convencía. Los repórters estaban sedientos de 
novedades y el público devoraba las crónicas. 

Joaquín Fernández había administrado un laxante, 
pero no bastaba para calmar la fiebre de la impaciencia 
general. Quedaba indescifrado el teorema. 

Se le llamó nuevamente; se puso un plano por delan- 
te; se le hizo ver que narraba cosas imposibles, y de pre- 
gunta en pregunta, de sugestión en sugestión, sin darse 
cuenta de ello, se tejió una novela que Fernández apro- 
baba con su maleable complacencia: era la segunda 




- 24 - 



confesión. Esa ya satisfizo á todo el mundo. Se sabía la 
verdad. Ya no cabía duda. Si se hubiera consultado 
plebiscitariamente á la población, aquellos días, Al- 
meida habría sido condenado. 

La fisonomía de Fernández llamaba la atención cada 
vez que se le interrogaba. No se veía en él la actitud 
franca del que dice verdad. Estaba inquieto, nervioso, 
agitado, su semblante denotaba sorpresa, cuando no es- 
tupefacción. Las preguntas le hacían el efecto de es- 
tocadas. Antes de contestarlas miraba hacia uno y otro 
lado y se le veía elaborar la respuesta dentro de la gar- 
ganta, cuyos músculos así como los del semblante ad- 
quirían visible rigidez durante el interrogatorio. 

Pasaron los meses y nada se pudo adelantar. La con- 
fesión de Fernández se balanceaba en el vacío. En vano 
se le buscaron solícitamente puntos de apoyo, pues to- 
dos ellos resultaron efímeros. 

Era indudable que aun permanecía intangible la ver- 
dad de los hechos ocurridos frente al pérfido ventanillo. 

Fernández, entretanto, cuyo corazón no es inaccesi- 
ble á las recriminaciones de su conciencia, una vez que 
se dió cuenta de los efectos de la estúpida calumnia 
que gratuitamente había lanzado sobre Almeida, no po- 
día ya comer ni dormir. Empezó á enflaquecer de una 
manera alarmante. No sabía cómo salir del espantoso 
atolladero en que se había metido. 

Abrumado, comenzó por desahogar un poco el peso 
de sus aflicciones, haciendo confidencias parciales á al- 
gunos compañeros de cárcel; pero no se decidía á sal- 
dar sus cuentas consigo mismo, pues ignoraba sin duda 
las consecuencias de una retractación, una vez que había 
calumniado infamemente. 

Un buen día, sin embargo, conversando con su ilus- 




25 



trado defensor, después de haber permanecido largo 
rato sin atreverse á hablar, lo puso en conocimiento de 
su equívoca y original situación. 

Sorprendido por esa revelación, el concienzudo doc- 
tor Massera se dió cuenta inmediata de la importancia del 
nuevo antecedente, sin dejar de ver todo lo delicada que 
era su nueva posición. 

Para convencerse él mismo de que no se le hacía ins- 
trumento de algún manejo, por más que sintió entonces 
el acento de la sinceridad, que no había encontrado an- 
tes en Fernández, trató de que el señor Fiscal del Cri- 
men hablara con él, antes de hacer ninguna otra cosa. 

Al día siguiente el señor Fiscal doctor Martínez va á 
la Penitenciaría, habla con Fernández y telefonea inme- 
diatamente al Juzgado, solicitando hacer constar aclara- 
ciones importantes para el sumario. 

Joaquín Fernández declara ante V. S. que cumple 
un cargo de conciencia, manifestando que es falso que 
hubiera visto á Almeida pegar un tiro á Butler; confirma 
lo declarado por Almeida, y expresa que jamás habría 
permitido que se le condenara. 

Dice, además, que si declaró contra él fué porque le 
pareció que así complacía á la autoridad. Este es el 
resultado evidente de la sugestión. — El prevenido Gui- 
llermo Rodríguez dice, al ser interrogado por V. S., que 
hallándose en el mismo carro celular un día en que am- 
bos habían ido al Juzgado por exigencias desús respec- 
tivas causas, Fernández, le dijo « que á él no le saca- 
ban nada, y que si había declarado contra Almeida, fué 
porque se le dijo que Almeida le acusaba y que no se 
iba á librar de 25 años de Penitenciaría. » 



* 

* ’f' 




- 26 - 



Lejos de .mí la idea de que la Policía y la Magistra- 
tura se hayan extralimitado con planes preconcebidos é 
inconfesables. — Esta sola sospecha sería hacer el pro- 
ceso más bochornoso de nuestra cultura. — No: sólo ha 
habido aquí irregularidades grandes, tremendas, pero 
inspiradas todas en el deseo de calmar las exigencias 
de la vindicta pública. 

No será mi posición de defensor, ni el hecho de haber 
visto de cerca los inmensos perjuicios que se han infe- 
rido á mi patrocinado, los que ofusquen mi ánimo al 
punto de no darme cuenta de la verdad. 

* 

* * 

Después de la retractación de Fernández, va de sí 
que lo de las tres firmas, así como los demás cargos 
que la excitación pública ha exagerado en su importan- 
cia-, tergiversando y haciendo suposiciones sobre ante- 
cedentes truncos, quedan relegados á la condición de 
cosas indiferentes. 

No obstante, y por más que se ha conjurado, feliz- 
mente, todo peligro de que yerren la justicia y la opi- 
nión con respecto á Almeida, siguiendo el prudente con- 
sejo: « les choses qui vont iien sans dire } vont encore 
mieux en les disant », me detendré á examinar punto por 
punto los cargos que se formularon contra el prevenido, 
á fin de que no quede una sola duda en pie, una simple 
sospecha, que pudiera rozar siquiera su plena rehabilita- 
ción moral. 

* 

* * 

Sobre las tres firmas de Almeida, se habló y se co- 
mentó largamente, exagerando la verdadera trascenden- 
cia del cargo. 




- 27 — 



Es bien sabido que muchas veces se ponen dos firmas 
en las mismas ocasiones, para dejar bien comprobado 
que se ha concurrido á la casa mortuoria y se ha acom- 
pañado el cortejo fúnebre al cementerio. 

P ecuerdo en este momento que un conocidísimo abo- 
gado de nuestro foro, aparece con dos firmas en los ál- 
bumes de la familia Butler: una en cada álbum. Al- 
meida había puesto tres. 

Pero hay una circunstancia especial que no se tomó en 
cuenta en la investigación de este antecedente y que ex- 
plica la existencia de la tercera firma de Enrique Al- 
meida. 

Una de las firmas está incompleta: le falta la rúbrica 
y se halla mal trazada, como si se hubiera intentado- ex- 
tenderla en una posición demasiado violenta. Esa la 
abandonó inconclusa el firmante, colocando la otra de- 
bidamente. 

Se atribuyó la firma incompleta y mal trazada á las 
violencias que pudieran dominar al presunto victimario; 
pues ninguna cosa se ha escatimado en el análisis apa- 
sionadísimo que mereció la pesquisa relativa á mi de- 
fendido. Sin embargo, era raro que la violencia no se 
revelara más que en el trazo de una sola firma de las 
tres que colocó. 

Felizmente se ha podido comprobar, por el testimonio 
fidedigno del doctor don Justo Cubiló, que fue compañero 
de cortejo durante todo el trayecto y en la estadía en 
el Cementerio, y que ha conversado con él largamente, 
que Enrique Almeida no ofrecía particularidad ninguna 
ese día. 

Esta declaración, prestada por el doctor Cubiló des- 
pués que Almeida fué considerado autor del crimen de la 
calle Chaná, y dadas las cualidades del deponente como 




- 28 - 



experto y observador, destruye toda sospecha de que el 
encausado se hallara intranquilo ó inquieto ese día. 

La prensa, como siempre, adulteró este antecedente en 
perjuicio de mi defendido. 

El doctor Cubiló prestó una declaración extensa y de- 
tallada, dando cuenta de todo lo ocurrido, del giro de las 
conversaciones habidas y de lo que observó en su com- 
pañero de entierro, dejando bien afirmado que no ofre- 
cía Almeida ese día nada absolutamente, ningún signo 
que pudiera hacer suponer que su estado de ánimo 
fuera otro que el de cualquier acompañante; agregando 
que con motivo de las imputaciones que se le hacían á 
aquél, había tratado de reproducir detenidamente todo 
lo ocurrido durante el trayecto del cortejo. Era induda- 
ble, pues, que la firma inconclusa no podía atribuirse á 
violencia moral. 



* 

* * 

La circunstancia de hallarse Almeida en las inmedia- 
ciones del lugar del suceso, poco antes de la hora en que 
se consumó el asesinato; circunstancia con que también 
se arguyo, es una nueva apariencia engañosa, que en el 
fárrago de confusiones y traspiés de esta famosa pes- 
quisa, se ha apreciado al revés. 

Esa circunstancia es contraproducente si se alega como 
cargo. 

En efecto, el más torpe de los criminales sabe que no 
debe hacer acto de presencia, y mucho menos ostenta- 
ción en el lugar en que debe darse el golpe, ni en sus 
adyacencias. — Esta es la primera precaución que toma 
para no ser sospechado. 

Por el contrario, todo su afán es preparar la coartada, 




— 29 - 



que es la gran defensa, como que está fundada en una 
razón clarísima de imposibilidad física. — Nadie tiene el 
don de la ubicuidad. 

Pero, hacer visitas en la casa donde va la víctima, en 
el paraje mismo en donde se le va á dar muerte; salir de allí 
poco antes que la víctima; hacerse presente en una casa de 
las inmediaciones; chistar á unas vecinas que andan por 
allí, más bien que ocultarse; conversar con ellas, eso, 
francamente, honra tan poco á las facultades intelectua- 
les del supuesto asesino, como á las del pesquisante, que 
hace hincapié en tal antecedente para formular un 
cargo. 

Cuando se ha visto á un asesino en donde va á dar el 
golpe, salvo el caso de crímenes pasionales ó accidenta- 
les é impensados, es contra su voluntad. El ha querido 
y ha debido querer no llamar la atención; jamás se le 
ha visto hacer ostentación en el lugar del crimen. 

Y aquí hay razones poderosísimas para suponer que 
el asesinato se ha meditado y estudiado prolijamente 
por el autor ó autores. — Es seguro que no se ha ejecu- 
tado de improviso. 



* 

* * 

Las deficiencias de la coartada, son también antece- 
dentes que pueden volverse por pasiva. 

Si Almeida fué al Café Oriental para buscar un medio 
de probar la coartada, habría tratado de hacer que lo no- 
taran.— Y es indudable que estuvo esa noche en el Café. 

Sería una incongruencia mayúscula, sería hacer un 
flaco servicio al intelecto de Almeida, suponer que se 
hiciera presente en el lugar donde va á dar el golpe y pa- 
sara inadvertido donde va á buscar testigos favorables! 




- 30 - 



Pero, como nadie ha supuesto esta hipótesis absurda, 
no hay para qué rebatirla. 

Lo que se dijo es que Almeida y Fernández no habían 
estado en el Café Oriental. 

¿A qué se debe esta afirmación? — A las intemperan- 
cias del prejuicio. 

El mismo Fernández que acusó á Almeida y que trató 
de encontrar los medios más adecuados para hacer 
creer su extraña imputación, jamás negó que hubieran 
ido al Café Oriental. 

Negarlo, pues, es ser más realistas que el rey; es con- 
trariar los principios que rigen para la apreciación de las 
pruebas, y dividir la confesión en la forma más irracio- 
nal posible: lo que es antijurídico y hasta puede tacharse 
de cruel. — Sin embargo se dividió la confesión de Fer- 
nández y se aceptó sólo lo desfavorable á Almeida. 

En realidad, sobre este punto no hubo más discre- 
pancia que la relativa á la hora de salida. 

El dueño y el mozo del Café dijeron que no recorda- 
ban haberlos visto, y sobre todo, que como Almeida iba 
tan á menudo al Café, no habían prestado atención. 

No debe olvidarse que esto se estableció CINCO DÍAS 
después del suceso. 

¿Cómo habían de recordar qué gente entró, ni la hora 
de entrada y salida de cada uno? 

El dueño contestaba en esta forma al ser interrogado 
al respecto. — Al mismo tiempo decía que cuando el co- 
ronel Paravís fué á buscar á Almeida al Café el 19 de 
Octubre, en momentos en que le decía que iba allí muy 
á menudo, entraba Almeida. 

Con esto quería dar cuenta de lo difícil que es fijar las 
horas en que ha ido un cliente que frecuenta la casa, 
sobre todo varios días después. 




- 31 - 



Respecto de Joaquín Fernández, no estaban seguros 
y hasta creían no haberlo visto en el café. — La verdad es 
que sólo tomando fotografías de los que entran á un café, 
pueden recordarse las fisonomías de los que concurren 
una sola vez! 

Cuando Joaquín Fernández incurrió en la contradic- 
ción (¿?) de que había tomado café en una mesa de ma- 
dera , que fué la piedra filosofal de esta pesquisa, gratui- 
tamente mentía, pues no hay ninguna mesa de madera 
en el salón del café. 

Todo esto, lo mismo que las diferencias de horas, son 
cosas insignificantes, indiferentes para todo aquel que 
no se deje supeditar por cavilosidades, porque nadie es 
ocupa en la vida ordinaria de precisar horas ni detalles, 
sino cuando tiene marcado interés en hacerlo! 

Cuando hay una resolución criminal ya tomada, es 
que se aguza la observación. 

Si fueran los criminales Fernández y Almeida, ya ha- 
brían convenido horas y no se habrían producido diferen- 
cias ni de segundos, porque en los momentos en que se 
abriga una resolución de este género, se cuentan los mi- 
nutos uno á uno y deben parecer siglos! 

No ya después de un sensacional suceso, sino aun 
en circunstancias normales, cuando los fantaseos y so- 
bresaltos no empañan los reflejos de la memoria con par- 
cialidades y prejuicios, difícil es que nadie pueda dar 
detalles precisos y fijar horas sobre las cosas más indife- 
rentes y ordinarias de la vida. 

¡Qué se dirá cuando toda una población se conmueve 
y se dedica á pesquisar ! 



* 




- 82 - 



Después de la confesión de Joaquín Fernández no quedó 
duda respecto de que la justicia se hallaba en la verda- 
dera pista; pero era necesario avanzar, pues á nadie es- 
capó que la narración del seudo cómplice no explicaba 
satisfactoriamente los hechos. — Quedaba enteramente 
ignorado el móvil y obscuros otros puntos capitales. 

Había contradicciones flagrantes en pie. 

En los anales criminales figuraría como algo fenome- 
nal, que después de haber dicho la verdad un cómplice 
que había presenciado la escena del crimen íntegramente, 
quedara tan inexplicable lo ocurrido como antes. 

Esto no tenía precedente. 

Jamás se ha dudado de la naturaleza de un hecho cuando 
uno de los delincuentes ha hablado. — El convencimiento 
moral se ha hecho pleno. — Han podido quedar confusos 
algunos hechos insignificantes, pero lo demás, lo sustan- 
cial se ha aclarado. — Los más endiablados sucesos se 
han penetrado. 

Una palabra del confesante ha puesto todo de mani- 
fiesto inmediatamente, como un rayo de luz en medio de 
las tinieblas. 

Se explica esto fácilmente. 

La verdad es siempre sencilla y comprensible. — No 
hay detalles imposibles, ni contradictorios. — Sin em- 
bargo, á pesar de haber hablado Fernández, nada se 
había evidenciado. 

Por otra parte, la palabra del que confiesa la verdad 
se impone, adquiere un timbre especial de sinceridad que 
convence al más rehacio, bien entendido en cuanto 
afirma y no tan fácilmente cuando niega. 

Es porque la palabra veraz es profusa, fácil, enu- 
mera mil pormenores, francos, firmes, visibles, expli- 
cables á un solo golpe de vista; en cambio los fru- 




- 33 - 



tos de la imaginación adquieren casi siempre un carácter 
más ó menos incierto, confuso, trasnochado y dejan 
siempre algo que desear; se incurre en inverosimili- 
tudes, por más hábilmente que se conciba, en puntos du- 
dosos, sospechables, cuando no contradictorios é imposi- 
bles, absolutamente imposibles, como ocurrió en este caso. 

Por más que la confesión de Fernández no aportara 
mayor luz, y seguros de estar en la verdadera senda, 
torturábase el meollo de los pesquisantes para solucionar 
el fatídico problema. 

Los vacíos que dejaba la confesión, se querían llenar 
de cualquier manera. Se dijo que Almeida durante su 
guardia en el Cabildo, posteriormente al crimen, se ha- 
llaba inquieto y que iba de un lado á otro con desaso- 
siego alarmante. Este cargo se elevó á las más altas 
exageraciones. 

Pues bien : está comprobado en autos que Almeida, 
durante su servicio de guardia, estuvo como siempre, 
leyendo y atendiendo las exigencias del servicio. 

Pero, ¿qué hizo la loca de la casa? 

Como que leyera La vida militar de De Amicis, un 
notable periodista, que en aquellos días tomó los vue- 
los novelescos de imaginación capaces de hacer envi- 
dioso á Montepín, quería convencerme, con la mejor 
buena fe, de que la lectura de la Vida Militar era un 
signo inequívoco de la culpabilidad de Almeida. — Des- 
pués de pintar un cuadro sombrío con brochazos ma- 
gistrales, decía compadecido : 

« ¡Lástima! ¡había tela allí para hacer una brillante 
carrera militar! » 

Con este criterio no hay jueces ni pesquisantes. 
Todo se confunde : la ofuscación aconseja los mayores 
dislates; y conviene hacer notar aquí cuán fácil es ad- 



3 




- 34 - 



quirir convencimientos erróneos y cuán fácil es también 
llevar un inocente al banquillo ! 

Si por desgracia alguien hubiera declarado que vió á 
un militar corriendo por la calle Arenal Grande aquella 
noche, nadie hubiera librado á Almeida de una condena 
inicua. Se habrían abreviado los procedimientos y ha- 
bríasele juzgado con las parcialidades del obstinado acu- 
sador más bien que con la ley y la circunspección del 
magistrado. 

La obsesión general quería que los hechos se amol- 
daran á su capricho, para hallar al asesino que ya había 
señalado en sus desvarios. 

Se abrían de par en par las puertas al que estuviera 
dispuesto á formular un nuevo cargo contra el Alférez 
Enrique Almeida. 



* 

* * 

También se comentó de una manera deleznable su 
conducta en el cuartel, después de la fecha del crimen. 

El proceso desmiente uno á uno todos los rumores 
que han circulado á ese respecto. 

Está evidenciado que al llegar al cuartel mandó bus- 
car al cabo de servicio, para que lo recordara si había 
ejercicio, como es de costumbre. Dicho cabo declara 
que no advirtió ninguna particularidad en él. Tampoco 
notaron nada sus compañeros de cuarto esa noche, ni la 
mañana y los días siguientes. 

Después que se inculpó á Almeida, llamó la atención 
del Jefe, Coronel Tezanos, que no le hubiera hablado 
francamente . 

Si bien aceptaba como cosa posible que no fuera el 
matador, decía: «es imposible que no sepa quien es el 



asesino. » 




Pretendíase primeramente que hubiera dicho que era 
el autor de un crimen, del cual no tenía más noticias que 
las que tuvieron todos por la prensa; luego, que hiciera 
revelaciones ! 

¡ Por lo menos que dijera lo que sabía ! 

Curiosa exigencia. 



* 

* * 

Al llegar á la Penitenciaría una tarde, se me dice: 
«Aquí está el móvil ». Almeida no explicaba satisfacto- 
riamente la posesión de una carta hallada en su baúl. 

Dicha carta dice así : 

« Señor Pedro Vigil. 

« Como la inesperada carta con que me ha honrado 
« usted, exige una contestación, confieso que con todo 
« pesar mamá no me permite que lo atienda ; ella se 
« basa en que su carrera recién empieza, y ese es el mo- 
« tivo de su oposición. 

« Sin más por el momento, y sintiendo tener que con- 
« testarle así, se despide de Vd. S. S. 



<E. F. 

« 5 - 4 - 95 .» 



Las iniciales eran las mismas que las de la . novia de 
Butler : ya no había que dudar. El móvil se había des- 
cubierto. Era sin duda una carta de Ernestina Fer- 
nández. 

Pasé á la celda de Almeida, y le hice ver todo lo que 
importaba esa carta para su causa. Le exhorté á 




- 36 - 



que hiciera esfuerzos de memoria, y no sé aún á qué atri- 
buir su primera negativa: si á olvido ó al delicado deseo 
de no comprometer á la autora. Pero es lo cierto que 
después de un momento, me dio cuenta de su proceden- 
cia, sin expresar el nombre á quien correspondían las 
iniciales. Dio además las señas de la casa en que vivía, 
recordando la calle pero no el número. 

Pedí á V. S. que inmediatamente verificara la cita. 
Se llamó al encausado, quien manifestó al Juzgado lo 
mismo que había dicho á la defensa. 

Es decir, que explicaba la referida carta como la con- 
testación de una que él había dirigido bajo el nombre 
supuesto de Pedro Vigil. 

Todo esto es novelesco. 

En esos momentos, y como si se hubieran confabulado 
para hundir al prevenido, se presenta el señor Leira, 
oficial inspector de la 5. a sección, con la sonrisa de 
superioridad del que tiene en la mano el pliego de con- 
vicción ; y declara que dos señores, don Severino Do- 
mínguez y don Arturo P. Ferreira, la noche del suceso, 
entre 1 1 1/2 y doce de la noche, vieron á un alférez de 
la Artillería, alto, delgado, moreno, de bigote negro, con 
capote y espada, que se hallaba en la esquina de las calles 
Chaná y Caiguá. Que al ver pasar una camilla, le pregun- 
taron qué había, á lo que contestó que habían muerto á 
uno ; que estaba agitado, y que al ser invitado para que los 
acompañara, no quiso hacerlo, diciendo que era dema- 
siado tarde. Como insistieran éstos, accedió de mal ta- 
lante, y que a.1 llegar al lugar del suceso, miraron hacia 
atrás y no lo vieron más. 

Al oir esta declaración, se miraron todos significativa- 
mente. No hay más: Enrique Almeida! 

Ya no cupo duda sobre que la negativa de Almeida 




— 37 - 



era simplemente el cumplimiento de la patibularia sen- 
tencia de Avinain: N* avouez jamais / 

Solicité que ^inmediatamente se verificara lo referente 
á la carta, yendo á la casa cuyas señas había dado mi 
defendido. V. S. accedió en el acto. 

Al salir de la Penitenciaría con V. S., el señor Ac- 
tuario, el señor Fiscal y el doctor Massera, se me acercó 
el oficial de g*uardia, teniente Cruces Santos, de la Ar- 
tillería de Plaza, y comprendiendo por la expresión de 
los semblantes la existencia de algo grave en el pro- 
ceso, me preguntó: — « ¿Cómo va la causa? » 

Esto pasaba en presencia de V. S. 

« Ahí va, contesté; parece que dos individuos han visto 
á un alférez de la Artillería en las proximidades del lu- 
gar del suceso. » 

« Ah! ese es el alférez Piccardo; mire, allí está. » Esto 
lo dijo señalando á un oficial que se hallaba á unos quince 
ó veinte pasos. La filiación coincidía. 

V. S., señor Juez, lo llamó en el acto y le interrogó al 
respecto. 

El alférez Piccardo dio entonces cuenta detallada de 
lo que había ocurrido, y exactamente se ajustaba á lo 
expuesto por el señor Leira. 

Se había conjurado este nuevo peligro. No era Al- 
meida; pero quedaba en pie la famosa carta — ¡el 
móvil! 

Nos trasladamos en seguida en carruaje á verificar la 
cita relativa á la carta. 

Al llegar al paraje indicado, examinamos la casa, que 
correspondía á las señas del encausado, y recuerdo que 
desde la puerta de la calle vi hacia el fondo de la casa 
una toalla con grandes letras: E. F. 

Confieso que esto me llenó de satisfacción. 




- 38 



Golpeamos. — Salió una señorita, la cual al ser pregun- 
tada por su nombre contestó un nombre que respondía, 
así como su apellido, á las iniciales consabidas. 

Ruborizada por la presencia de tanta gente, advirtió 
que no podía recibirnos por hallarse sola. — Se le dijo 
entonces que iba á practicarse una diligencia por el se- 
ñor Juez del Crimen. 

En el acto se le puso de manifiesto la carta y se le 
preguntó si la conocía, — á lo que contestó afirmativa- 
mente, dando cuenta de las razones que la indujeron á 
redactarla. 

V. S. le ordenó que escribiera el nombre Pedro Vigil, 
á pedido del infrascrito, para confrontar la letra. 

Lo hizo así, y no pudo quedar duda sobre la verdad 
de lo que afirmaba Enrique Almeida. 

Luego, impuesta de los cargos que pesaban sobre 
mi defendido, que ya sabía no era otro que el mismo 
Pedro Vigil, recuerdo que dijo: «Almeida no puede ser 
autor de ese bárbaro crimen. El corazón me lo dice». 
Ese corazón decía verdad. 

La prensa, ese día, ocupándose de las ocurrencias re- 
feridas, decía: ¡ Prodigioso! 

Es natural. — No querían someterse los hechos á las 
antojadizas conclusiones de la imaginación. 

Conviene hacer sobre todo esto algún comentario. 

* 

* * 

Desde luego, es milagroso, así como lo digo, que los 
hechos hayan respondido á la vindicación de un inocente 
en este singularísimo caso. — Dadas las prevenciones de 
la autoridad y de la opinión pública, sorprende que los 
testigos hayan declarado sin mayor apasionamiento, ni 




- 39 - 



ofuscación ; y bien pudo suceder que los testigos y los 
sucesos no deslindaran posiciones de una manera precisa, 
con lo que Almeida habría quedado cuando menos sos- 
pechado, si no era con el estigma de una condena infa- 
mante. 

Si la autora de la carta á Pedro Vigil, por una razón 
explicable en su condición de señorita, hubiera negado 
haberla escrito; si esa letra pudiera confundirse con la de 
Ernestina Fernández — cosa facilísima; — si cualquier otra 
razón hubiera impedido verificar lo que hay de cierto, 
¿quién duda que Almeida era autor de un crimen pasional? 
Si por una rareza de las que pueden llamarse providencia- 
les, no está de guardia la Artillería de Plaza el día de la 
deposición del señor Leira, y la misma compañía en que 
forma el alférez Piccardo, para que se comprobara el 
error en el acto, ¿ quién duda de que la posterior verifica- 
ción del hecho no habría de atribuirse á la complacencia 
de un compañero de armas? 

Si el alférez Piccardo no habla por cualquier razón, 
¿quién duda de que era Almeida el alférez que habían 
visto y que se había deslizado por la calle Chaná como 
una sombra? 

¿ Habría podido comprobarse por la confrontación, que 
no era Almeida ? 

¿No había semejanzas físicas, además de las del uni- 
forme, para que pudieran percibirse las variantes en un 
breve encuentro nocturno? 

¿No se nublaría la vista de los testigos? 

¡ Qué lecciones para los que se dejan llevar por las con- 
cepciones imaginativas en tan delicada materia! 

¡Qué enseñanza ofrece este proceso á los que son de 
fáciles convencimientos ! 



* 

* * 




— 40 — 



Por más que la única prueba de la inocencia de un acu- 
sado es la que señala al verdadero culpable, en este 
caso se hace posible comprobar la inocencia de Almeida 
por un conjunto de coincidencias, casualmente ofrecidas, 
y también porque el mundo de cargos que se le hicieron 
reposaban en el vacío. 

Todos los que hayan hecho una gira á través de las 
fojas del proceso, se habrán dado cuenta de ello. 

Pero hay gente que no forma jamás convencimientos 
serios y se deja guiar por sus impresiones ó presenti- 
mientos, y dice con la gravedad del catedrático: « Para 
mí, es así;» creyendo con esto convencer á los más in- 
crédulos. 

Para ellos es inútil hacer disertaciones, porque están 
siempre en lo cierto y no se apean; pero los espíritus ob- 
servadores y serenos, habrán de convenir en que Al- 
meida fué víctima de la informalidad. Nada más. 

* 

íje j{í 

Hay un sinnúmero de consideraciones que están de 
acuerdo con las conclusiones de la defensa. 

Almeida, cuya familia está vinculada á varias de las 
principales de nuestra sociedad, tiene personalmente an- 
tecedentes irreprochables. 

Jamás ha revelado tendencias aviesas; por el contra- 
rio, siempre ha sido inclinado al bien y á la corrección 
de formas, en el cumplimiento de sus deberes. 

En el cuartel, durante los cuatro años que presta ser- 
vicios, ha ganado la estimación de sus superiores, de sus 
compañeros é inferiores. Jamás ha infligido castigos á 
sus subordinados, obteniendo la debida disciplina por el 
ejemplo y la afección. 




- 41 — 



Sus inferiores le profesan, pues, un respeto afectuo- 
sísimo. 

No ha sido exaltado en política. Se le ha visto con 
marcadísimas tendencias á la vida culta, antes que al 
compadraje . 

¿Cómo, pues, se ha sospechado? 

Sólo por una curiosidad de las tantas que se han visto 
en este proceso, ha podido complicársele con tanta livian- 
dad. Es el proceso de las rarezas. Generalmente, las sospe- 
chas recaen sobre los más aptos para una obra criminal; 
pero aquí, en cambio, se han formulado contra un hom- 
bre de inmejorables antecedentes, sin exageraciones é in- 
temperancias políticas, sin pasiones desordenadas, sobre 
uno que, todos los que lo conocen, dicen: «¡No puede 
ser! » 

Pero aquí, ya digo, se ha visto de todo. Castiglioni, 
que con su numerosa familia dormía en una pieza que da 
á la calle, puede decirse separada por los vidrios de la 
ventana, del paraje en que se produjo el estruendo de la 
detonación, nada ha oído. Sin embargo, se había oído 
desde la Plaza de los Treinta y Tres. 

A un joven Horta, que se hallaba á una cuadra del lu- 
gar del suceso, le causó tal conmoción el disparo, que 
creyó haber recibido un balazo en la espalda (textual). 

Para no ser oída por Castiglioni la detonación, era ne- 
cesario que hubiera tomado dor mentiría , como lo dijo 
una vez para explicar este milagro. 

* 

* * 

Hay otro punto raro también y de importancia para 
la vindicación de Enrique Almeida. 

Este apenas conocía á Butlery no tuvo con él ningún 




- 42 - 



punto de contacto ni de repulsión. — Ahora bien, Tomás 
E. Butler, la noche del crimen, abrigaba la seguridad de 
que le iban á dar muerte. 

Si se acepta el testimonio conforme de dos camareras 
del Café del Retiro, que no ha sido tachado, es induda- 
ble que había alguna relación anterior de víctima á vic- 
timario, pues ya pasaron los tiempos de creer en las adi- 
vinaciones. 

Indudablemente Butler había sido advertido, había ob- 
servado algún gesto, alguna persona sospechosa, alguna 
señal, en fin, algo de lo que significa una siniestra ame- 
naza. ¿De dónde partía? 

¡ Profundo misterio ! 

¿Cómo se explica la actitud de Butler en el Café? 

Habría recibido un aviso anterior, que se confirma 
por una sombra que se desliza, por la mirada de un oji- 
zaino, por un momento de lucidez intelectual en que 
se atan de improviso varias ideas dispersas, recuerdos y 
reminiscencias, — cosas que han parecido indiferentes ó 
despreciables, — una fecha, una mueca. ¡ Dios sabe qué ! 

Un joven de veinte años desdeña la vida. 

Tal vez después que pasó la primera impresión, la im- 
paciencia lo llevó á cerciorarse de si efectivamente era 
un peligro real el que se le ofrecía. La prueba fué fatal. 

De este caos, de este misterio ¿ha de deducirse como 
consecuencia necesaria el crimen político? — No lo creo. 

Hay mil soluciones posibles sin acudir á la política, — 
y aun mismo descartando por completo la hipótesis del 
suicidio, con sus diversas variantes. 

Precisamente, el hallazgo de un revólver electoral 
junto á la víctima, aleja esa presunción. Ninguna mano 
hábil deja un rastro claro que pueda indicar al autor q 
al móvil, en esta clase de crímenes, 




- 43 — 



Creo más bien que se trata de un hecho de origen per- 
sonal, y que el asesino, para despistar, se ha aprovechado 
de algunas particularidades para intrigar á la policía y 
para quedar protegido contra toda sospecha. El asesino 
ha sido muy sagaz. 

Pero, ¿ qué correlación tiene Almeida con toda esta 
sucesión de hechos anteriores al crimen ? 

Absolutamente ninguna. 

Sin entrar á discutir sobre el derecho del magistrado 
para dar publicidad al sumario en materia criminal, antes 
de ponerse de manifiesto con arreglo á la ley, conviene 
decir que la acción de la prensa no puede ser más que 
dañosa, cuando se produce en las condiciones que lo hizo 
cori motivo de este proceso. 

Los datos y noticias parciales que daban los dia- 
rios, los reportajes, las pesquisas oficiosas, el colorido 
con que se presentaban los sucesos, según las opiniones 
individuales del cronista, las contradicciones que había 
entre las diversas informaciones periodísticas, las con- 
clusiones, las interlíneas, que son á veces más decidoras 
que los mismos tipos de imprenta, todo esto que se lan- 
zaba á la voracidad pública, ha producido perjuicios ina- 
cabables, y ha preparado ó pudo, por lo menos, preparar 
á los testigos y aun mismo hacer precaver á los verda- 
deros culpables. 

Y por otra parte, ¿ cómo se reparan las imputaciones 
infamantes que se lanzaron por los ámbitos de la Repú- 
blica y del exterior contra Almeida? 

¿Cómo se disipa la impresión que pudieron causar esas 
largas crónicas, ilustradas á veces, que devoró la curio- 
sidad pública ? 




44 - 



¿ Con qué se indemniza al que por imprevisiones y 
no por hechos fatales é irremediables se ha señalado 
como autor de un delito atroz ? 

¿Son acaso defectos necesarios de nuestra sociabi- 
lidad? 

No, señor Juez ; todo esto es fruto de irregularidades 
que debemos lamentar, porque afectan los intereses más 
supremos de la cultura social. 

De la calumnia siempre algo queda. 

Y no es siquiera un paliativo el hecho de agregar una 
partícula condicional, al señalar á mi defendido como 
autor del brutal asesinato de Butler. 

Ese aditamento no desvirtúa la gravedad de los car- 
gos que se formularon contra Almeida, ni de los perjui- 
cios que se le infligieron al hacer rodar de boca en boca 
su nombre como feroz asesino, y al estamparlo en letras 
de molde día á día. 

Y lo peor de todo esto es que, para dar mayor interés 
á las crónicas, para ganar la furiosa steeple-chase de las 
informaciones al rededor del sangriento suceso, los dia- 
rios exageraron los hechos, abultaron su importancia, 
dieron intensidades caprichosas al colorido, tergiversaron 
el carácter de las diligencias judiciales, de los rumores, 
de las habladurías de lenguaraces que, para dar rienda 
suelta á sus extravíos, inventaban estúpidas novedades, 
día á día, dando pábulo á comentarios infinitos ; y todo 
esto se divulgaba como una nueva pieza acusadora, 
cuando no de convicción contra el alférez Enrique Al- 
meida ! 

No es ésta seguramente la misión de la prensa en lo 
que atañe á la instrucción de los sumarios. 

El sumario requiere las reservas de la prudencia, la 
más exigente reserva para que no pueda hollarse á todo 
prevenido. 




Es cierto que habrán de lamentarse errores en la im- 
perfectibilidad humana y social; pero ¿no hay un abismo 
entre la actitud correcta y la ligereza con que se trazan 
las crónicas al correr de la pluma, sobre asuntos tan ar- 
duos y delicados ? 

Se dijo por toda la prensa, y ha quedado como cosa 
ejecutoriada ante la opinión, que Almeida, en los prime- 
ros días de su prisión, había llamado varias veces al se- 
ñor Fiscal doctor Platero, como para confesarse, y que 
luego se le formaba un nudo en la garganta y no se de- 
cidía á hablar. 

Esta solemne mentira corrió como una verdad irrecu- 
sable. 

¡ Y es nada el valor moral de tal aseveración 1 

Pues bien : ¿ sabe V. S. lo que hay de cierto al res- 
pecto? Lo siguiente: 

Habiendo sabido que se había ocupado su baúl en la 
Jefatura, y como tuviera en él documentos de interés que 
pertenecían á su familia y que quería fueran entregados, 
pidió hablar con V. S. Como se le dijera que V. S. no es- 
taba, y que el señor Fiscal había llegado ya, preguntán- 
dole si no sería lo mismo hablar con este último, pidió 
que lo llamaran y habló con él sobre esos papeles, re- 
comendándolos á su celo. 

Y vea V. S. con esto todo lo que forjó la prensa! 

Se dirá que la defensa podía rectificar. Es cierto. Pero 
la defensa, en presencia de las irregularidades cometi- 
das y de las manifestaciones uniformes de la opinión, no 
quiso formular protestas, ni contener á nadie, ni pedir 
otra cosa que no fueran esclarecimientos. 

No era porque temiera ponerse de frente á la opinión. 
Por más que hubiera tomado las proporciones de una 
avalancha, me bastaba el cumplimiento de mi deber y el 




- 46 - 

derecho de mis opiniones profesionales para ello; pero 
es evidente que con esa conducta no hubiera podido 
obtener la amplia rehabilitación moral que puede y debe 
exigir mi patrocinado. 

Se hubiera supuesto que el defensor buscaba evasi- 
vas, expedientes y cábulas para favorecer á su defen- 
dido, en contra de la verdad y la justicia, cuando en rea- 
lidad sólo buscaba la luz, como el único medio eficaz de 
probar la inocencia. 

¿ Qué habría ganado la causa con rectificaciones de mi 
parte ? 

Enconar á todos los que veían en Almeida un ase- 
sino, con perjuicios evidentes para él. 

De la absolución legal no podía dudar ; pero no había 
que descuidar que había dos procesos formados y que el 
de la opinión era el más grave y formidable. 

De ahí, que creyera conveniente callar y esperar pa- 
cientemente que la opinión pública sobreseyera, conven- 
cida de la inocencia de Almeida, y sin dejar en pie 
dudas abrumadoras, que habrían pesado sobre mi defen- 
dido como un sello de infamia. 

Era ésta la faz más delicada del proceso. 

Felizmente esta vez, la justicia se ha hecho paso al 
través de las prevenciones más pesimistas de la opinión* 
pública. 

Su veredicto y su fallo deben ser absolutorios. 

Por tanto, á V. S. suplico se sirva resolver como lo 
dejo solicitado y con la urgencia que requiere toda re- 
paración de error, pues es justicia. 



Pedro Figari. 



Montevideo, Marzo de 189G. 




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